Mostrando entradas con la etiqueta corriendo por Riaza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corriendo por Riaza. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de agosto de 2013

Half triatlón de Riaza, la crónica de una no participación

El rodaje del domingo estuvo marcado por el “Half” de Riaza. Suena raro, pero el relato del rodaje es la crónica de un Half que no corrí.

Cuando llegamos el viernes por la tarde notamos una inusitada actividad ciclista en los alrededores. Pero no de globeros como yo de esos que se conforman con “rodar” a 25-30 kmh. No. Bicis de las de verdad, de fibra de carbono y complementos personalizados que cuestan como un apartamento en Torrevieja (Alicante) movidas por ciclistas de verdad y no como algunos que se ven por el carril vieja con las mismas bicis que estos triatletas. También había bicis proletarias movidas por triatletas y bicis galácticas remolcadas por tri-jaja-atletas, que de todo hay.


Globero por el carril-bici con su bici que pesa diez  kilos menos de lo normal para compensar sus diez kilos más de lo normal


Se celebraba en Riaza un “half” y un “short” ¿por qué no llamarlo medio y corto u olímpico? EN fin. El caso es que para empezar antes que ellos salí a las 08:30 pensando que empezarían a las 09:00 como el año pasado. Me fui tranquilamente hasta Riofrío con el interés de ver cómo nadaban por el pantano de la localidad (por mucho que se empeñen en Riaza de reclamar su soberanía, la Riaza irredenta, que también existe a nivel extremosegoviano) en unas aguas que tienen que estar frías de cojones con su lecho de pizarra y con el cobijo de la cara norte de la Sierra de Ayllón.

Iluso de mí, la salida la habían dado a las 08:00 y poco antes del cruce con la carretera de La Pinilla vi cómo bajaba como una bala la cabeza de carrera. Después de tres kilómetros de bajada, el último de ellos recto, el líder bajaba a unos 60-70 kmh. A pesar de llevar los cascos (a un volumen bajo para no perder del todo el sentido del oído), el sonido del desarrollo era similar al de un helicóptero ¿Cuál podía llevar? Supongo que un plazo de 56 dientes y el piñón  chico de 11; con los brazos apoyados en el manillar de triatleta, un casco de contrarreloj y una cadencia situada en la perfección técnica de las 90rpm, la estampa era acojonante a la par que bella.

Cambio de planes, que la carretera está cortada y, con las curvas que tiene,  sería una temeridad hacer el gilipollas corriendo por ahí. Vuelta para el pueblo. El goteo inicial se convierte en chorreo. El sonido helicóptero ya es similar a una escuadrilla de Apaches en pleno asedio de Kandahar. Ni dios en la carretera viendo la carrera. Lo que hasta entonces había sido un tranquilo rodaje a poco más de 5:00 se convierte en un ritmo más vivo y baja de 4:50. Quizás por mimetismo, espíritu competitivo o simplemente canguelo (cuando adelantaban pasaban cerca de mí, que iba por el arcén izquierdo), el caso es que la bajada la hice a 4:37.

Las bicis pasan por el pueblo en dirección a El Negredo por la Gran Vía así que  yo giro antes a la izquierda, hacia el albergue. En la misma curva una flecha verde fosforito y unos conos. “¡¡Tin!!” se enciende una bombilla. Éste es el circuito del sector a pie ¿por qué no? Vamos allá, que aún hay que conocer los senderos del pueblo. Sea por los conos, por el efecto dorsal-sin-dorsal el caso es que la “subida” me sale a 4:45. Siguiendo los conos, ya en modo competición repito los 4:37 del 10 al 12. Por la “M40” de Riaza (cuánta guasa hay también en Segovia) veo unos casoplones espectaculares mientras sigo la flechita verde como Garbancito haría con sus miguitas. Entre sembrados, robles, hierba y carril-bici el perfil es ascendente pero clavo los tiempos, 4:43. Voy siguiendo la cinta que me lleva hasta meta pero doy la vuelta antes y me vuelvo para casa. La inercia me hace apretar al ver las banderitas al fondo ¿4:25 en el km 15? No puede ser ¿otros 4:25 en el siguiente y último? Joder, pues sí que voy bien. No quería correr más, prefería quedarme con buen sabor de boca. Andaba acojonado, 4:44 de media hasta entonces, un ritmo “bueno no, lo siguiente” para lo que debería ser un rodaje. Me encontraba con fuerzas para ir por debajo de 4:35-4:40 durante algunos kilómetros más. Pero preferí no arriesgar y quedarme con la agradable sensación de haber ido in crescendo. Dieciséis kilómetros en total a una media de 4:44 con los últimos a 4:25, sin lugar a dudas uno de mis mejores rodajes. A ver si puedo mantener esta forma en el otoño.

Poco después vamos a ver llegar el chiringuito montado en El Rasero. ¿Lo que más nos gusta? “La Casa de Vettel” ¿esperábamos otra cosa de un tenderete de Red Bull?. Yo, que ni sigo la Fórmula 1 (“es deporte para coches, no para pilotos, según mi mediano, acérrimo seguidor del Rayo y de Paco Jémez por Rayo MacQueen) ni soy alonsista me sigo sorprendiendo con estas apreciaciones.

Del triatlón saco dos conclusiones: que es caro de cojones y que es muy sacrificado.

Caro porque necesitas un neopreno (“udos”), una bici de carreras, zapatillas, casco…. Y un sitio donde guardarlo todo, que aunque sean del Decartón ocupan su lugar. Además necesitas un portabicis. Caro porque la logística se complica: nada de madrugar como el running en el que como mucho coges el metro, no, tienes que pernoctar. Caro porque, aunque parezca de Perogrullo”, se necesita un pantano/lago/mar donde nadar y una carretera que se pueda cortar para unas horas de carrera. Y caro porque organizarlo cuesta una pasta.

Sacrificado  porque hay que correr, sí. Pero también hay que ir en bici y nadar. No cuenta el venir en bici a currar, no, ni comprar el pan en la bici de Pancho. Ni la clase de matronatación (a la que no vamos, pero que muchos sí cuentan cómo natación porque el Scattergories es suyo). “Hayque” (como dicen los jefes) correr, si. Y salir con la bici por carretera además de en el gimnasio para trabajar la cadencia. Y también ir a nadar; no vale ir a la piscina del barrio a ligar con las poligoneras o con el socorrista, no. Hay que ponerse el gorrito, las gafas y pimpán a nadar p’arriba y p’abajo en la piscina, menudo planazo. Ah, minucias aparte como currar y ejercer de marido y padre, que uno no es como Ulises. Al fin y al cabo Ulises se fue con Telémaco (que era hijo único, que se sepa) a Troya y a su Odisea y Penélope se quedó tan tranquila dándole que te pego a la aguja, que Ítaca podía ser todo lo bonita que tú quiseras, pero era muy aburrida y no tenía ni bares, ni tiendas ni Liga ni internés (y, temblad maqueros, aún faltaban tres mil años para que saliera el Aifon, para que luego os quejéis).


viernes, 26 de julio de 2013

El rodaje que se me escapó de las manos

¿Quién no ha dicho nunca la última y nos vamos y termina cerrando todos los bares? ¿Qué runner no ha salido a rodar “sólo un poquito” y después se ha cascado dos horas como un campeón?

El domingo fue uno de esos días. Con música de los noventa y el viento del noreste como única compañía salí a correr por Riaza a eso de las 08:30. “Una horita y poco tranquila y me vuelvo” me dije.

Sorpresa por la ausencia de calor. “¡Ooooootia!” “¡Cómo ha bajado la temperatura!”. 12º-15ºC frente a los 20 de días atrás. No hace calor, lo que se agradece, por lo que me voy animando progresivamente. No sudo (apenas), no me suben las pulsaciones tan rápido… por lo que me dejo llevar. Carretera de Riofrío para arriba voy feliz como una perdiz. No busco la sombra como los perros a partir de febrero; hace incluso fresquete en las zonas más umbrías… los abuelos que salen a pasear llevan incluso chaqueta.

“Nubes de evolución” sobre el Pico del Lobo ¿Tan poco dura el verano por aquí? No intento llegar a Riofrío; el flipe se ha cobrado su factura en forma de ritmo desbocado y el corazón igual que en el minuto 116 del glorioso partido del 11/7/2010. Me quedaba casi un kilómetro para llegar al pueblo y había estado yendo a una media de 4:56. Menos mal que eso era un ritmo tranquilo, que si llego a salir con la idea de meterle caña no paro hasta La Quesera, ya en la frontera con Guadalajara.

Me doy la vuelta. El viento me da en la chepa, fresquito a más no poder. La nube de evolución está más negra que los cojones de un grillo. ¿Nos joderá también el día como ayer en La Tejera Negra? Parece que sí, porque arriba en las montañas se oyen truenos. Y no creo que estén de fiestas porque es alucinante lo despoblado que está esta zona entre Segovia, Guadalajara y Madrid.

El ritmo cardiaco baja y la velocidad va a más. Los cinco kilómetros siguientes, tres de bajada, uno de ligera subida y otro de bajada suave, me salen a 4:41. En el km 9 oigo “¡¡ese pandareñoooo!” y me paro. Llevo la camiseta de la Panda del Muro y me saludan, un compañero que anda por la zona. Nos ponemos a hablar y me cuenta los caminos por donde entrenar maratones. Algunos, pocos, los conozco. Otros los intuyo y la mayoría los ignoro. Uno, que bordea el pueblo desde la piscina es conocido como la “M-40” y es que la gente es muy cachonda, porque es el camino más transitado del pueblo. Otro va desde la M40 hasta Riofrío y desde allí a Hontanares para volver “veintitantos kilómetros de nada”. Joder, pero por caminos de tierra y buenas pendientes deben equivaler a una maratón.


Nos despedimos ocn un hasta luego, que el pueblo es pequeño para volver a verse. Últimos tres kilómetros, que quería volver pronto, y sigo yendo más rápido. ¿Digo rápido? Qué va, vuelo a 4:32. Sin tener sensación de agobio llego al km12, momento en el que me saco dos pavos de la riñonera friki del portabidón y compro el pan. Sólo me queda un kilómetro hasta casa que hago barra en mano como si estuviera en un 4x400, sólo que no soy jamaicano y en la mano llevaba dos barras de cuarto 4:44 me sale el último kilómetro de esta guisa y llego a casa después de haber corrido a 4:46. No he rodado, tampoco le he metido caña. Simplemente me he dejado llevar por las sensaciones. Porque hablamos de correr ¿no? Pues eso, el domingo corrí.

jueves, 11 de julio de 2013

Esos momentos en los que disfrutas como corredor

La semana posvacacional empezó con calor. Con mucho calor. Lo que viene a ser Julio en el interior peninsular. Después de una semana en la que la principal preocupación era beberse una “udos” cervezas a veintitantos grados de temperatura ambiente(es lo que tiene el microclima malagueño), la vuelta a la realidad se manifestó cruel en forma de camisa abrochada hasta el cuello y unos mocasines que me empeñé cerrar con el velcro chanclero, la inercia playera.

Tres carreritas intersemanales a ritmos discretos (el chiringuito tuvo sus efectos secundarios en forma de un kilo en la lorza y casi 5:00/km) y a unas horas en las que para despertarse hay que avisar antes a la Comunidad de Vecinos para no sobresaltar a nadie.

El domingo, sin embargo, hice uno de esos rodajes de libro. Tanto por los tiempos como por el recorrido. Salí por Riaza (Segovia, en la frontera con Madrid y Guadalajara en la Sierra de Ayllón). Dado que iba a hacer calor me llevé el cinturón de hidratación, ése que es de frikis según mi mujer pero que viene tan bien cuando el calor y la sed aprietan en medio del campo. Salí un poco más tarde lo que esperaba pero aún era temprano, y es que me entretuvieron con los encierros de Pamplona.

Con todo, poco antes de las 08:30 ya estaba en marcha. Dándole una vuelta al pueblo como calentamiento me dirigí por la carretera de Riofrío hasta el cruce con la carretera que lleva a La Pinilla. Hasta ahí, cuatro kilómetros, iba a 5:10. El día aún era fresco, unos 15-18º. A la sombra se estaba de escándalo y de vez en cuando corría un aire de lo más agradable. Al sol no tanto. A pesar de la hora y la altitud (1.100 mts sobre el nivel del mar) ya hacía calor.

Volviendo al pueblo, a 4:51 con perfil descendente, giré por una carretera que lleva al albergue por la que podía ver los casoplones que hay por ahí (mucho madrileño con pasta). Mi intención era meterme por un camino que se dirige a la Ermita de San Benito pero sobre la marcha pesó tanto el perfil del camino (con muchos toboganes) como la ausencia de sombras en los dos primeros kilómetros (el resto permanece aún ignoto para nosotros). Así que seguí de frente internándome por un robledal frondoso. “Quinientos metros y me vuelvo” Esto es chulísimo, un ratito más. “Otros quinientos”. Cayó un kilómetro y medio en realidad. Un perfil ascendente y un firme irregular hicieron que fuera a 5:03, un ritmo más que bueno en comparación con los primeros kilómetros y es que me flipo yo sólo.

Con diez kilómetros del tirón era el momento de beber agua y disfrutar del paisaje. Respirar hondo… qué olores, qué sonidos (ninguno, en realidad, solo los pájaros y mis pisadas), qué paz. Este es uno de esos momentos que todo runner se regala a sí mismo. No suelo hacer fotos cuando corro. Entre que me da pereza y que no he tenido un “esmarfon” hasta hace un mes no lo he considerado necesario, pero esta vez quería dejar constancia de dónde había estado (que luego se piensan que he estado en el Bingo).




Emprendo la vuelta y, casi sin darme cuenta voy subiendo el ritmo hasta un meritorio 4:43 en los cinco kilómetros que me quedaban. El cuerpo me pedía más, llevaba tres ó cuatro semanas sin rodajes y éste era uno de esos en los que más se disfruta. Pero también me pedía llegar pronto a casa para comunicar mi “descubrimiento”. Y es que un paseo por un robledal de dos km de largo, casi plano y con río donde tirar piedras es muy tentador.


¿Qué si hay cuestas en Riaza? Un huevo, por doquier. ¿Qué si las subo? Me abstengo de momento. Las cuestas de Madrid son una mariconada al lado de éstas, no me extraña lo aguerrido del carácter segoviano, que son capaces de sacarse un ojo, ponerle la lentilla y volvérselo a poner para hacerlo con mayor precisión y no andar a tientas. Tengo ganas de subir a Hontanares, a La Pinilla… pero más adelante. La verdad, os admiro a los que os apretáis un MAM o el GTP. Ya sé que el comer, el rascar y el escalar todo es empezar pero las pendientes positivas pueden conmigo aún.