El sábado pasado salimos por uno de los múltiples
senderos que hay por Riaza a pasear con
los enanos. De momento no puede llamársele “senderismo” porque para eso hay que
andar mucho y las piernas de 7, 5 y 2 años no es que tengan “mucha gasolina”
como le gusta decir al mediano.
EL caso es que para evitar tener que llevar al
enano en brazos durante mucho tiempo o eternizarnos a su ritmo (lo normal), nos
llevamos una mochila de senderismo.
Al ponérmela me di cuenta de lo que pesan
catorce/quince kilos en la chepa de verdad. Y es mucho. Normalmente hablamos
medio en broma medio en serio de que nos queremos quitar esos “dos ó tres”
kilos de mochila que nos sobra, pero no nos hacemos una idea de lo que
acumulamos lentamente hasta que de golpe y porrazo nos cargamos con esta
cantidad de kilos y nos ponemos a andar a una velocidad más o menos constante.
O cuando vemos la ropa de hace unos años y nos
damos cuenta de que es tres ó cuatro tallas mayor a la de ahora. Vale que actualmente se lleva la
ropa más pegada (“slim fit”), pero no todo es moda.
Cuando volví a correr después de unos años a
principios de 2006 lo hice porque me subí a la báscula para pesar a me hijo y
vi las tres cifras fatídicas, 100,9. Mi hijo tenía cuatro meses y pesaba seis
kilos, no hay que ser muy lince para darse cuenta de que pesaba 95,9. En seis
meses perdí nueve kilos. En un año, doce. En dos, quince. Desde 2008 me he
movido en torno a 80 kilos, si bien ahora estoy en 77 clavados desde MAPOMA
2013. Siete años después mi hijo mayor y yo pesamos conjuntamente lo mismo,
pero él ya pesa 24.
Por el camino he pasado de una talla 56 de traje
(apretada) a una 50 (holgada); de tener que meterle a las mangas de la chaqueta
a tener que sacarle. De la camisa XL a la M… me he gastado una pasta en renovar
el armario por el camino al tener que donar ropa nueva. No la he guardado “por
si acaso” de la misma que Hernán Cortés quemó sus naves “por si acaso”.
¿Qué si he pasado hambre? Poca, la verdad. El
punto fundamental ha sido comer comida de casa (que no casera), que a uno le
permite seguir una dieta equilibrada. Con una disciplina mínima la pérdida fue
constante en los primeros meses y muy ligera después (lo normal).
¿Trucos? Pocos, la verdad. Por otra parte tampoco
pretendo ser maestro de nada.
¿Consejo? Sólo uno, no hacerse trampas al
solitario porque estaríamos engañando a un gilipollas: una ensalada de pasta no
es una ensalada, es un plato de pasta fría. Que lleve un tomate cherry o una hoja de albahaca no la
convierte en ensalada de la misma forma que un chándal del Madrid no me
convierte en CR7.
El tener, además, una vida activa en forma de
jugar con los enanos también ayuda. Pienso que lo que engorda no es ese último
trozo de pan que te comes, de igual forma que lo que te emborracha no es la
última copa sino todas las anteriores.
No, lo que engorda es moverse menos que los ojos
de Espinete; esas cien calorías de más que no quemas porque mola más quedarse
viendo “Juego de Tronos” y guasapear con los colegas en lugar de quedar con
ellos y disfrutar de la primavera.
El día de MAPOMA estaba desayunando en la cocina
cuando oí en la radio a una endocrina diciendo que el problema no es que
comamos mucho, sino que nos movemos poco. Por lo visto la comida envasada de
hoy en día tiene un 20% menos de calorías que la de hace veinte años y, sin
embargo, somos un 20% más obesos que entonces. ¿Hemos sufrido una súbita y maligna
mutación colectiva? No, nuestro organismo es una máquina perfecta y se ha
adaptado como lo ha hecho siempre, aparte de las trampas que nos hacemos al solitario con el cuento de que
compramos comida “sana”, que no comemos casi “nada” y que practicamos deporte
“con frecuencia” sin especificar con qué frecuencia.
Decía TS Elliot «Así es como termina el mundo, no
con una explosión, sino con un lamento»; pues eso, de tanto
quejarnos y haciendo tan poco nos darán por culo. Hay que salir llorado de
casa.
Una frase menos pedante es la de Emilio Botín: "Lo que no son cuentas, son cuentos" y es que al final si te metes más de lo que sale (sin segundas) lo acumulas. Inventario final es igual al inicial más las entradas menos las salidas. Tan fácil. ¿Tan difícil?