Justo el día que guardo la ropa de invierno entra
un frente frío. Tan frío que el rodaje del lunes lo tuve que hacer con el
cortavientos, cuando la semana anterior había empezado a madrugar. Pero bueno,
nada que no sepamos. Gracias a mi manía de documentar en Excel todos los
entrenamientos y a las entradas del blog uno se da cuenta de que el tiempo no
está loco porque haga frío en Mayo o calor en marzo, sino que la primavera es
así, una estación intermedia entre el invierno y el verano.
Con la memoria de pez que tenemos dentro de dos
meses diremos eso de que “menuda primavera buena, mala, pasada por agua que
tuvimos”, en función de lo que haya quedado en nuestro disco duro después del
formateo al que le sometemos con la amnesia selectiva.
El rodaje se me fue hasta los 18 kms. Y
escribo “se me fue” porque cuando me di cuenta de que llevaba 14 estaba a
cuatro de casa. Iba absorto con el mp3 (me niego a escribir lo que escuchaba, es secreto
de sumario). Desde MAPOMA no he rodado nada, y las sensaciones fueron muy
buenas. Al trantrán, me apreté hora y media a 5:06, con 143ppm (lo normal).
Del resto de semana deportiva… disfrutando del
sol de primera hora, ya q hace tiempo que ha amanecido cuando salgo a correr. Nada
de ritmos controlados, ni series. Correr por correr. Por el placer de ponerse
las zapatillas. ¿Que me sale un ritmo de 4:40 en los dos primeros kilómetros
porque el Body Combat me ha enchufado? Pues p’adelante, ligero como una moto,
potente como un camión. pero sin ningún objetivo rítmico ni kilométrico. Salir
a estas horas te da un plus de vitalidad para el resto del día nada desdeñable.
Eso sí, a costa de estar todo el día con hambre.
¿Alguna carrera a la vista? Sí, la de Proniño, el
18 de Junio, con la fresquita. A priori no es la mejor época para correr
(quedan tres días para el verano) ni el sitio más bonito (en uno de esos
horribles barrios burbujistas de Madrid, Las Tablas), pero es de lo más plano que se puede encontrar en Madrid y por lo visto la
recaudación va destinada a, en la medida de lo posible, erradicar el trabajo infantil.
Quiero ser iluso y creérmelo, pero me da que no tendrán capacidad coercitiva
alguna con proveedores como la manzana e indirectamente con la manzana e indirectamente con Foxconn.
También hay carreras infantiles a partir de cinco
años (esperemos que no se cuezan los pobres, que salen a las 11:00 o así).
El miércoles pasado fue mi última carrera a
mediodía hasta después del verano. De sopetón, de un día para otro, diez grados
más. A mediodía había unos 25-27ºC en el JC1, y a alguno de los habituales con
los que me cruzaba la inercia les había llevado a echar en el petate la manga o
mallas largas. Qué calor, a mitad de camino me tuve que parar a refrescarme
(afortunadamente en el JC1 las fuentes no están cerradas). Llegué a casa
sudando más de la cuenta. Eso sí, me apreté un cervezón del tirón mientras
comía como un perdigón, y es con esos calores y después de correr lo que más
apetece es una Mahou.
Así que, una y no más, desde el viernes he dado
por iniciada mi temporada de verano, que, básicamente, consiste en madrugar
desde mediados de mayo a finales de septiembre. A las 07:30 ya estoy dándole.
En realidad tampoco me supone madrugar mucho más, me levanto quince ó veinte
minutos antes, entro media hora más tarde a currar y me tomo media hora menos a
mediodía para comer. Las cuentas salen así.
Eso y que descarto por completo hacer series.
Incluso el correr a rtimos de umbrales anaeróbicos. Troticochineo puro y duro.
Disfrutando de la mañana, de esos olores que aún
no están lo suficientemente contaminados en el JC1. Del cielo azul que aún no
deslumbra y que hace que la hierba tenga un color verde intenso.
Disfrutando del mp3. Quién me iba a decir a mí
que me iba a flipar con la música del Body Combat. En fin, cosas veredes.
Disfrutando también, porqué no decirlo, de esos
conductores y conductoras que, a pesar de que te ven cómo vas a cruzar por un
paso de cebra aceleran. Vaya a ser que pierdan cinco segundos de su triste vida
si se paran en el paso de cebra. Hoy,
cortesía de la casa, una se ha llevado un puñetazo en el maletero. Me imagino
que se acojonaría un poco, porque se paró de sopetón y puso las luces de
emergencia, no sé si por el susto o para ver que mi “puños fuera” no rompió su
puto audi a6. Qué pena en estos casos no salir con el Stinger, que algún uso
seguro que le daba de vez en cuando.
Eso sí, a pesar de la fruta y los cereales que me
tomo antes de correr, del yogur de después y del café y de la fruta a media
mañana, paso más hambre que un caracol pegado a un espejo. Si me ponen una pata
de cordero a las 10:00 me la como mojando sopas.
Qué pena que hayan quitado esta serie hace
tiempo. Era real como la vida misma, aunque a veces se quedaba corta por la imprevisible
naturaleza humana.
Sigo flipando con lo atrevida que es la
ignorancia de la gente y lo fácil que resulta minusvalorar el esfuerzo ajeno.
Como bien sabéis, hay una subclase humana que
piensa que puede opinar de todo, tenga idea o no, pudiendo meterse en una
conversación con la idea de que pueden aportar algo a la cadena de valor o
“Chain Value” como gusta decirse ahora. Bien. El caso es que el otro día estaba
tomando café con un compañero en la sala “Camera Café” que tenemos en la ofi.
Estábamos hablando de los entrenamientos y nuestras pasadas carreras (él su
Media de Madrid, yo la de Segovia y Mapoma), de lo difícil que es rascar un par
de segundos en las series, de lo jodidos que son los ritmos anaeróbicos… bueno,
qué os puedo contar que no sepáis.
De repente, como una aparición sobre la zarza que
no se consume, aparece una compañera de
éstas que tienen que hablar de todo e, intuyendo de lo que estábamos hablando,
se atreve a decir:
“Es que he leído que la manera más fácil de
terminar un maratón es coger un ritmo y mantenerlo constante”. Cágate lorito.
Analicemos la frase:
“He leído…” Mala cosa. Cuando alguien empieza con
esta expresión es que tiene mucha teoría y poca práctica. Yo también leo, desde
que tenía cinco años, y no voy por ahí diciendo que leo, es algo que se supone.
“la manera más fácil de terminar un maratón” ¿Es
que hay alguna manera fácil de terminar una maratón? ¿O una media? ¿O un diez
mil?
“coger un ritmo y mantenerlo constante”. Esto es
de antología. O sea que esto es como el navegador del coche, que yo elijo la
velocidad, pongo el mp3 en modo aleatorio y a descansar hasta que lleguemos al hotel
rural con encanto.
Obviamente no tratamos de explicarle nada acerca
de entrenamientos por umbrales, ni series, ni rodajes, ni FCMáx, ni ritmos de
carrera. En realidad no tratamos de explicarle nada. Simplemente le dijimos que
para poder coger ese ritmo y poder mantenerlo constante antes hay que correr
muchos kilómetros. Lo que viene a ser entrenar y conocerse a uno mismo y sus
límites. Seguramente se fue a su casa convencida de que fue la luz que nos
iluminó al final del túnel en el que nos encontrábamos, y nosotros con una
leyenda en el pecho del tipo “Yo corro, ella me guía”.
Este largo y raro puente he estado visualizando
varias veces el maratón de hace un par de semanas. Y no, no es debido a que aún no me
haya bajado de la nube. De hecho creo que al segundo día me bajaron a
perdigonazos, y no porque me dejara (trato de mimetizarme), sino porque más
allá de la cortesía en mi entorno laboral más cercano lo más parecido al
deporte que se practica es el pádel y el golf, salvo honrosas excepciones. Exquisito que
es uno, que sudar es de pobres.
¿Obsesión? No, no creo (bueno, a lo mejor los que
me aguantan pueden decir algo al respecto). Puede que tenga que ver el hecho de
que en estos días de puente haya estado con la familia en El Retiro (aparcando
en Alfonso XII) y en la Casa de Campo, donde no subimos a Garabitas por la
lluvia que empezó a caer. Todo una semana después de carrera, lo que hace inevitable rememorar porqué fui a tal ritmo en ese sitio, porqué no lo bajé en ese otro o qué hizo que desfalleciera a la salida.
En cuanto al “marathon blues” del que habláis
(cuánto aprende uno leyendo), afortunadamente no lo padezco. Al contrario, tenía mono desde el día siguiente a pesar de no sentir las piernas. Tres
días después ya estaba dándole a las zapatillas. Eso sí, estas dos semanas estoy
yendo a ritmos muy tranquilos, entre 4:50 y 5:10, por lo que el calificativo de
“blues”, en mi caso, sí que se puede aplicar a los ritmos.
En cuanto a futuras carreras están intentando
liarme. Que si Valencia, que si Florencia… de momento a ir pensando en empezar
a madrugar para correr, que yo nos pronostican 28 grados para finales de la
semana, y ayer con el cortavientos en el parque. Así tengo de jodida la
garganta, que en mi casa las pirulas de ibuprofeno rulan que no veas.
Más allá de la crónica de la carrera del otro
día, ahora pienso escribir de las sensaciones que tuve ese día.
El post anterior lo dediqué a la crónica de mi primer
Maratón. De lo que no escribí fue de las sensaciones. Bueno, sí que las dejé fluir,
pero no incidí en ellas por no hacerlo demasiado coñazo.
Cuando hablamos con profanos o iniciados de cómo llevamos
al límite nuestras propias fuerzas lo lógico es que te digan ¿por qué pasarlas
putas? ¿qué te lleva a hacerlo?.
Las sensaciones que viví fueron intensísimas. Ese día y
los anteriores. Antes, durante y después de la carrera. El momento de ponerse
el dorsal, el de despedirse de la familia. Hablar con la gente con la que has
coincidido preparando el maratón, bien en persona o a través de los blogs.
Desearse suerte. Empezar a andar antes de correr. Ver cómo te anima gente que
te conoce de la bulla de la Feria (es decir, de nada). Cómo van sonando en el
pulsómetro los parciales por kilómetro, cómo vas de pulsaciones.
Escuchar el "Inmigrant Song" te da alas. El paso por el
centro de Madrid es inenarrable. Acostumbrado a correr por parques y jardines,
tanta gente te da alas, de verdad.
Empiezas a sentir molestias en el isquio, en la rodilla,
en el gemelo. Sabes que es pronto para tener esas molestias y que yendo por
asfalto el desgaste muscular es menor. No son dolores, son nervios. Lees en la
camiseta de delante “El dolor es pasajero, la gloria es eterna” y tiras para
adelante.
Pasas la primera media maratón. Bueno, ya me queda menos
de la mitad, y voy ligero como una moto, potente como un camión. Ves como
algunos corredores se paran con sus familias, sus amigos, conocidos,
seguidores… y ves cómo tíos y tías como
carros se emocionan. Normal, es su día. Muchas carreras en solitario, mucho parque,
mucha “soledad del corredor de fondo” y hoy tienes seguidores.
Conforme pasan los kilómetros vas notando cómo se te
cargan los músculos. Cómo el gemelo puede contraerse hasta tener el tamaño de
una canica de duro de las de antes. Cómo las articulaciones empiezan a dolerte.
Pero estás subiendo Garabitas y no es tan duro como te habían contado.
En la Casa de Campo no hay actuaciones, no hace falta.
Sólo hay ánimos. Y réflex. Y corredores caminando. Y apretar de dientes al
grito de “por mis cojones”.
Y qué decir de los últimos ocho kilómetros. Parezco
nuevo, joder. Son sólo ocho mil metros, algo que me lo hago tranquilamente.
Pero qué va, mi cuerpo no es capaz de mantener el ritmo. Ni siquiera de correr
sin parar. Es curioso como en estas situaciones tu cuerpo llega a ser más
inteligente que tu mente y te ordena dejar de correr. Y andas. Ves el reloj y
piensas, todavía obcecado, “voy en tiempo, un minuto y vuelvo a correr un
kilómetro”. En realidad son dos minutos, y vuelves a correr, pero medio kilómetro.
Sigues yendo en tiempo, la gente te anima. Los corredores tiran de ti. “Venga,
que estos siete los hacemos juntos” “Venga, vamos”. Pero a los quinientos
metros o no puedes tú o no puede el otro.
Poco a poco llegas como puedes al kilómetro 40, y es ahí
donde se activa la reserva como la de Terminator en su lucha final contra el
T-1000. Y corres. Corres porque quieres que los tuyos te vean, porque quieres
pasar por meta. Porque te has preparado durante meses y años, no sólo durante dieciséis
semanas. Corres.
Que por la noche Álvaro te pida que le cuentes un cuento
en el que él y sus hermanos corren con su padre un maratón, entran en Retiro y
después se aprietan un helado “te llena de orgullo y satisfacción” y le
emplazas a que repita lo mismo dentro de quince años. Que te pida la medalla y
vaya todo el camino con ella puesta todo orgulloso hace que se te caiga el
moco. Que Pelayo insista en correr contigo justo en el momento que le ves y tú
haces la pose del Discóbolo porque el cuádriceps tiene la misma maleabilidad en
ese momento que el mármol.
Cuando hablo de correr no hablo solamente de tiempos, ni
de distancias. Hablo de sensaciones. De superarte a ti mismo, de ser tú tu
rival a batir. A pesar del agotamiento y de que te duelen hasta las pestañas
empiezas a pensar en el siguiente. No estará tan mal cuando muchos repiten ¿no?
Y es que sarna con gusto no pica. Como dice Risco “corro maratones porque es la
mejor forma de preparar un maratón”. Amén, amigo.
Como era de esperar, la noche de antes no dormí
mucho. Madrugón aparte, los nervios hicieron que el sueño fuese bastante
ligero. Pero bueno, descansar descansé. Después de un buen desayuno me fui
hasta el metro donde habíamos quedado. Los que nos estrenábamos parecíamos unas
viejas, con dolores ficticios en cualquier parte del cuerpo, pero expectantes
ante lo que se avecinaba.
Después de dejar la mochila en el ropero que
estaba justo al lado de la salida (por los cojones) nos dimos un bonito y bucólico paseo de unos
tres kilómetros por el Retiro, Puerta de Alcalá y Cibeles hasta la salida. Por
el camino los efectos de la hidratación se dejaron notar, ya que tuve que
entrar a boxes tres veces. Me dirijo a mi “cajón” pero eso era Sodoma y Gomera,
por lo que me cambio al siguiente. Y después al otro. Quedan diez minutos para
salir y me entran ganas de mear nuevamente. A esperarse, chaval, que como
salgas no entras.
Y empiezo a correr. Pese a que había “pensado”
salir esos cinco primeros kilómetros a 5:25-5:30 me salen a 5:01. Voy algo
subido de pulsaciones, 145ppm, pero de sensaciones me encuentro estupendamente,
por lo que mantengo el ritmo. El ambiente es indescriptible. Muchos corredores
y mucha gente animando a propios y extraños a los lados. Turistas sorprendidos
por el espectáculo esperan sonrientes para pasar, pero me imagino que con el
tiempo cambiarían de actitud por la tardanza del paso de tantos corredores.
Sigo bien los cinco siguientes, que hago a 5:15
porque tengo que hacer una parada técnica. De pulsaciones voy igual, a 148ppm y
con toda la subida hecha.
Los espectadores se concentran en torno a las
salidas de metro y puentes, y siguen
animando. Cuatro Caminos y Raimundo Fernández Villaverde están petados, al
igual que el recorrido por Chamberí. Mantengo mi ritmo, a 5:05 y 149ppm. Las
pulsaciones no terminan de bajar, pero por lo menos no suben, y me tomo el
primero de los tres geles que me había llevado.
Nos metemos por la parte que más me gusta,
Fuencarral, Gran Vía, Callao, Preciados, Sol, Mayor, Palacio Real… y claro, los
hago a 5:03. Las pulsaciones se me van a 152ppm. Mala cosa, me acerco a ese
punto de no retorno donde empiezo a acumular ácido láctico. Pero el subidón que
me da con tanta gente animando me pone la piel de gallina, me sale ese sudor
frío de las emociones. Y no me encuentro mal, al contrario. En Ferraz me dan el
primer Powerage, y un voluntario me da la botella, detalle que agradezco porque
soy incapaz de beber en vaso durante la carrera. El paso por el medio maratón
lo hago en 1:48. Muy rápido, pienso, tiempo proyectado de 3:36-3:40.
Intento regularme en la bajada hacia el Parque
del Oeste y el Paseo de la Florida, y los hago en 5:05. Las pulsaciones, pese a
la bajada, no disminuyen, y ya están en 154. Nos disponemos a entrar en la Casa
de Campo y me encuentro bien.
Conforme a lo previsto me tomo el segundo gel,
antes de llegar al Lago, y empezamos a subir Garabitas que no me sienta nada
mal; de hecho recupero más de 100 posiciones. Me regulo, haciendo una media de
5:28 y las pulsaciones que se van a 159ppm. Me empiezan a doler las
articulaciones, lo normal, y noto cómo el gemelo derecho se me sube, por lo que
aflojo el ritmo hasta que veo a una voluntaria que me enchufa un pelotazo de
reflex. Qué gran invento el réflex, sobre todo a esas alturas de la carrera.
Antes de la salida nos ofrecen un gel que está,
pongámonos poéticos, asqueroso. Puede que tuviera glucosa por un tubo, pero la
textura lo hacía intragable: era como el relleno del Twix, por lo que a esas
alturas lo tuve que escupir como pude.
Es el km 32 y voy a 5:10; he subido y bajado
Garabitas sin secuelas en forma de bajada de ritmo, y encaro a la salida
animado porque quedan menos de diez kilómetros y voy bien… o eso creo. Hasta el 34 todo bien, incluso el
33 lo hago a 5:13, pero en el Paseo de la Ermita del Santo me encuentro con ÉL.
El tío del mazo es un hijoputa. Y un maricón de
mierda. Y todo dicho desde el cariño y manteniendo el tono irónico de este
blog. Es un hijoputa porque te pega con todas sus fuerzas, impidiéndote correr
como quieras. Y un maricón de mierda porque te ataca cuando menos te lo
esperas, donde menos te lo esperas y por la espalda. A mí me ataco a la salida
de la Casa de Campo, donde estaba escondido agazapado como Viriato a la espera
del paso de las legiones romanas.
Como dice Óscar, es como si alguien te agarra y
tira de ti hacia él, pese a que tú quieras seguir. Pero es que además te hace
un placaje. No tenía fuerzas para seguir. Mi cuerpo decía que naranjas de la
China comunista, y mi cabeza me decía “venga, cabrón, que siete kilómetros los
haces con la misma”. Pero qué va; la materia gris que me quedaba de guardia me
ordenó combinar el paseo con la carrera. Vale, anda dos minutos y corre tres.
Paso el puente de San Isidro corriendo…como Chiquito, con los pies pegados al
suelo y pensando “No puedor, no puedor”. Paseo Imperial, Acacias… parecen la
cara norte del Annapurna. Las zapatillas me pesan com plomo, pero no hay ningún
sherpa que me las lleve. Sigo caminando dos minutos y corriendo tres, aunque,
sinceramente, no sé en qué modo iba más rápido. Los corredores nos animan
“vamos, con dos huevos, que ya llegamos”. Los espectadores mucho más “¡¡venga,
chavales., que sois unos campeones, que lo tenéis hecho, que eso de ahí es
Atocha!!”. Sé que es Atocha, pero está cuesta arriba, ¿acelero? No, voy a 6:52
de media. Cuando corro animo a otros que van tan mal como yo, que a su vez me
animan cuando me rebasan doscientos metros más adelante.
Alfonso XII. Qué putada de calle. No puedo subir
corriendo el primer tramo, lo hago andando. Km 40 y, a la vista de la Puerta de
Alcalá aprieto el culo empiezo a correr a la velocidad PSC (Por mis Santos
Cojones). Poco antes de entrar al Retiro km 41. La velocidad es lo de menos, me
vengo arriba. El público ruge, o eso me parece a mí. Después de 41 kms estos
ánimos te hacen sentirte indestructible. Se te olvida que el gemelo lo tienes a
la altura de la rodilla y que se ha dado la vuelta, que los cuádriceps están a
mitad de recorrido o el dolor en el tendón de Aquiles, que a pesar de que lo
tienes más caliente que el cenicero de un bingo te empieza a doler mucho.
Voy buscando con la poca vista que me queda a la
familia. Por lo visto se puede pasar por meta con los enanos en brazos o
corriendo. Me pego a la izquierda porque pienso que pueden estar ahí, pero no
los veo. Soy un pardillo porque he dado por hecho que si un tío sin dorsal no
puede pasar un enano de 4 años (casi cinco) tampoco puede, pero qué va, parece
que nos conceden el pequeño capricho (y gran honor) de poder entrar en meta con
ellos.
El arco con el cronómetro se ve a lo lejos. No me
duele nada, pero no puedo ir más rápido. Un arco, otro arco… 3:51:45 tiempo
neto, justo en el punto medio del rango que me había planteado como objetivo,
de 3:45 a 4:00. Me siento Gebreselassie; total sólo nos separan una hora y cincuenta minutos y un tono uun poco más oscuro de piel.
Me pongo a andar como un autómata, me tomo dos
powerages del tirón y cojo un tercero. Recojo la medalla y me tiro a ¿estirar?
No tengo fuerzas ni para eso. Sólo quiero llamar a mi mujer y verlos a todos.
Al final están a 30 metros, me han visto pasar y yo no. El año que viene cruzo
la meta con los enanos.
Dicen que uno es maratoniano cuando habiendo
terminado uno empieza a pensar el siguiente, y yo estoy pensando en el
siguiente.
Me queda hablar de las sensaciones de la carrera, que haré en el siguiente post.
Después del rodaje del domingo, y hasta la
carrera, no voy a correr más. No es que no me apetezca, pero es que no quiero
que una inoportuna sobrecarga me joda lo que he estado preparándome estos tres
meses y medio. Esta tarde, además, voy a por en dorsal y la Bolsa del Corredor.
Mi naturaleza analítica me impulsa a interpretar
todo lo que he entrenado y ahí van algunas pinceladas:
He hecho un total de 635 kms desde Enero frente a
438 kms que hice el año pasado hasta el 10 de Abril antes de mis 26 kms en
MAPOMA, casi un 50% más. ¿Son muchos o son pocos? Son los que he podido
hacer, en ocasiones robándole tiempo a mi familia que lo han entendido y a
quienes se lo agradezco enormemente.
Han sido 50 salidas frente a las 40 del año pasado,
un 25% más. La diferencia se explica principalmente en los rodajes, ya que
este año he hecho una media de 19,6kms en 11 rodajes y el año pasado
fueron 14 rodajes con una media de 14,4 kms.
No he hecho series, pero a cambio he alternado
salidas a ritmos anaeróbicos de 9-10kms con ritmos entre 4:30 y 4:40 (tres
series de 3.000 sin descanso, con dos cojones) con otras a ritmos menos vivos, de 4:45-5:00.
Tampoco he ido al gimnasio a fortalecer ningún
músculo. Me da una pereza de la hostia. Poder ir a mediodía a casa,
ponerse las zapas y a correr es todo un lujo del que no quiero prescindir.
Además, meter un día más en el entrenamiento me supone desatender otras
necesidades. Cuestión de prioridades, no todo es running.
En total he corrido a 4:58, frente a 5:02 del año
pasado. Como todas las medias son odiosas, en la medida que siempre hay un
cabrón que se come nuestro medio pollo, pienso que lo más útil es
centrarse en los rodajes, que nos da una aproximación más real de lo que
se puede esperar en competición. En 2011 rodé a 5:12 mientras que este año
he ido a 5:14, lo cual lo doy por positivo dado que he hecho 5 kms más por
salida y he tratado de contener los ritmos (si excluyo la MM de Segovia la
media se me va a 5:17).
No he seguido una dieta muy estricta. Mejor dicho,
no he seguido ninguna dieta. Si hay que apretarse un cocido, se aprieta.
Si juega el Madrid y hay que apretarse dos Mahous, pues p’adentro. No he
llegado al punto de ver un plato con un 30% de hidratos, 20% de grasa y
50% de proteínas en lugar de un chuletón con patatas.
Pese a ello mi mochila se ha aligerado en tres kilos
desde el 7 de enero, cuando ventilamos el último Roscón. Esto, pese a no
ser muy significativo, se ha materializado en alguna talla menos en los
vaqueros y en el traje de romano por eso de que la grasa que se pierde
ocupaba más espacio que el músculo ganado. Lo que no se retira es el
flotador ni el pellejo abdominal, pero eso creo que viene de serie.
Este año, como el pasado, el Madrid juega con el
Farsa, con lo que eso de irse tempranito a la cama lo veo complicado.
Además, qué coño, seguro que no dormiré bien por los nervios el resto de
la noche, pero me iré pronto a dormir los días de antes. Esperemos que se
repita el resultado del año pasado (1-1). Lo que no haré será apretarme
dos hamburguesas con queso y tres Mahous, como entonces.
Me lo he pasado de puta madre entrenando, leyendo
cómo lo estáis preparando (especialmente a los que, como yo, os “estrenáis” en
la distancia) y he conocido a mucha gente del barrio con los que correr. Lo que
antes era un buen rodaje de quince kilómetros ahora me lo aprieto
tranquilamente para desayunar. A buen seguro repetiré el año que viene, no sé
dónde, porque ayer mi agente me estaba organizando la agenda de 2013 con el
Maratón de París con alguna visita comercial a Eurodisney o a la Place Vendôme:
es lo que tiene ser una estrella (en casa), que hay que cumplir con los patrocinadores. Y es que Pixar es mucho Pixar.
Cuando uno se casa es normal que haga algunos de estos actos “antes de”
Hacer dieta desde seis meses antes. Bien la Dukan, la del cucurucho o la del melón, el caso es pasar más hambre que un caracol pegado a un espejo después de ir al Naturhouse de turno a que le peguen el sablazo por un papelito copiado y pegado de una dieta-milagro obtenida de Internet por un “dietista” que cobra (con suerte) como un becario.
Como complemento de lo anterior, a dar paseos por la ruta del colesterol más cercana a casa, que uno tiene que ser intrépido pero no estar hecho un David Crockett yendo a La Pedriza La Pedrizao a Los Villarespor La Cuesta del Reventón.
Ir a la pelu, a hacerse pruebas varias. El gran día, también, incluso con manicura.
Con tiempo suficiente (meses), ir a comprar a la ropa y los zapatos para “el gran día”. Andar por casa con los zapatos para acostumbrarse y que no salgan ampollas.
Ir a la lámpara, para salir moreno en las fotos.
Exfoliarse.
Hacerse una limpieza y blanqueado de boca/dientes. Como dicen los pingüinos de Madagascar para “Sonreir y Saludar”.
Ponerse un reloj de marca o un trucho de esos comprados en páginas chinas y que dan el pego.
Que levante la mano quien no lo haya hecho y encontraremos a un mentiroso. A pesar de que el Photoshop es más barato, cuando tenemos a la vista un evento tan importante reaccionamos con actos de esta naturaleza, tan irracional como humana.
Por eso esta semana yo también me estoy poniendo guapo:
Pienso ponerme a dieta… de carbohidratos para tener gasolina. Pasta, arroz, papas… me voy a hinchar como un globo.
Como estoy con el tapering, voy a dejar de correr esta semana.
He ido a la pelu, más que nada porque el pelo no me cabe en la gorra (o más bien al revés) y no conozco a Sergio Ramos para pedirle una de esas cintitas tan poligoneras que lleva.
Voy a ir al fisio, para que estire a conciencia los músculos.
Hay que cortarse las uñas de los pies.
En lugar de ponerme moreno en la lámpara me echaré crema solar. Cuatro horas al sol son muchas horas.
Con tiempo he comprado la ropa y las zapatillas, para irlas desgastando y que no me rocen ni provoquen ampollas. Obviamente son un misterio para todos, aunque como pista decir que no serán precisamente discretos.
Cargaré el pulsómetro a conciencia y le cambiaré la pila a la banda del pecho, que Murphy existe y llevo un año y media sin cambiarla.
¿Se os ocurre alguna analogía más? Y es que estoy en un "vivo sin vivir en mí y de tal manera espero que muero porque no muero"
En estos días pre-maratón pienso que los runners somos unos putos llorones de mierda, todo sea dicho desde el cariño. Estamos hechos unas viejas, llorando por dolores reales magnificados o inventados. ¿Qué la Pruden se queja de que tiene el cuádriceps sobrecargado? Pues la Ascen, para no ser menos tiene una amenaza de contractura en el isquio.
Nunca me he considerado un hipocondriaco, todo lo contrario. Pero desde la semana pasada, y a pesar del “tapering”, notaba una ligera molestia en el isquio izquierdo. Uy, uy, uyyyyy…que la estamos cagando…. Pero va a ser que no. Hablando con otros corredores parece que esta etapa de somatización es frecuente y ¿lógica? No mucho, pero sí humana. Todos, en mayor o menor media, tenemos estas sensaciones. ¿o es que acaso nos olvidamos de cuando decíamos “no tengo ni idea”, “me van a suspender” un día antes de un examen?
Pero vamos a ver, si nunca me ha dolido la espalda durante o después de la carrera ¿por qué tengo la sensación de tener el lomo desgarrado? ¿por qué vemos un enemigo implacable en forma de virus cuando el vecino del quinto estornuda en su casa y lo oímos a través de esas paredes tan bien aisladas de la construcción española? Y es que nos asaltan los temores hacia cualquier contratiempo que nos impida correr. ¿Qué tu jefe te jode y hoy te has levantado con náuseas ¿estoy embarazado? Pues hombre, todo es posible, como dice Rajoy, pero teniendo en cuenta que cuando te joden normalmente te suelen dar por detrás y que tu último par de cromosomas es XY lo tienes complicado, y más ahora con los recortes en Sanidad y en las prestaciones “No necesarias”.
Si, además, lees cómo entrenan los keniatas (gracias, Sergio, por este post tan bueno) es cuando te das cuenta de que nos quejamos de vicio, que somos unos hipocondriacos. En fin, seis días para el gran día.
Full Monty es una peli con una gran carga de humor negro. Está ambientada en Sheffield, a finales de los 80 en pleno declive de la industria metalúrgica con el consiguiente incremento del paro y conflictividad social, algo que la hace desgraciadamente muy actual.
Qué os voy a contar de la peli. Si acaso recordar alguna escena mítica como la de la defensa del Arsenal en sus ensayos.
Palabra de honor que ayer no tenía pensado correr, a pesar de tener el día libre. El caso es que, por motivos que no vienen al caso, tuve que ir por la mañana al Retiro. A eso de los 09:30 con el día fresco, nublado veía a lo lejos a bastante gente corriendo por el Retiro y, claro, tuve mi momento Full Monty.
Como para no tenerlo con semejante marco y en plena fase de “tapering”, con las endorfinas pidiendo guerra.
Así que cuando llegué a casa me puse las zapas y a correr a un ritmo algo más ligero que el de MAPOMA (5:09 y 135 ppm). En el km9 siento un pequeño pinchazo en el isquio. Vámonos pa casa, campeón, no hagamos el gilipollas a estas alturas. Más tarde, y hablando con un amigo, me comenta que le pasó lo mismo con la rodilla. ¿Sugestión? El caso es que parece que estoy “sodomizando” como decían en “Los Serrano”. Y hoy, hablando con un ex-mapomero, me he enterado que esto es habitual. Vamos, igual que el “no tengo ni puta idea” de antes de un examen. Llamémoslo miedo, duda o inquietud mezclado con un poco de base real (al fin y al cabo llevo casi un 20% más de kms hasta marzo que el año pasado (540 frente a 400).
A estas alturas poco más se puede mejorar. Simplemente calmar a ese ángel tocapelotas que nos decía “estudia más, que no tienes ni puta idea”. Un rodaje más el domingo y listo, Evaristo.