jueves, 26 de abril de 2012

Sensaciones sobre MAPOMA 2012



Más allá de la crónica de la carrera del otro día, ahora pienso escribir de las sensaciones que tuve ese día. 

El post anterior lo dediqué a la crónica de mi primer Maratón. De lo que no escribí fue de las sensaciones. Bueno, sí que las dejé fluir, pero no incidí en ellas por no hacerlo demasiado coñazo.

Cuando hablamos con profanos o iniciados de cómo llevamos al límite nuestras propias fuerzas lo lógico es que te digan ¿por qué pasarlas putas? ¿qué te lleva a hacerlo?.

Las sensaciones que viví fueron intensísimas. Ese día y los anteriores. Antes, durante y después de la carrera. El momento de ponerse el dorsal, el de despedirse de la familia. Hablar con la gente con la que has coincidido preparando el maratón, bien en persona o a través de los blogs. Desearse suerte. Empezar a andar antes de correr. Ver cómo te anima gente que te conoce de la bulla de la Feria (es decir, de nada). Cómo van sonando en el pulsómetro los parciales por kilómetro, cómo vas de pulsaciones.

Escuchar el "Inmigrant Song" te da alas. El paso por el centro de Madrid es inenarrable. Acostumbrado a correr por parques y jardines, tanta gente te da alas, de verdad.

Empiezas a sentir molestias en el isquio, en la rodilla, en el gemelo. Sabes que es pronto para tener esas molestias y que yendo por asfalto el desgaste muscular es menor. No son dolores, son nervios. Lees en la camiseta de delante “El dolor es pasajero, la gloria es eterna” y tiras para adelante.

Pasas la primera media maratón. Bueno, ya me queda menos de la mitad, y voy ligero como una moto, potente como un camión. Ves como algunos corredores se paran con sus familias, sus amigos, conocidos, seguidores… y  ves cómo tíos y tías como carros se emocionan. Normal, es su día. Muchas carreras en solitario, mucho parque, mucha “soledad del corredor de fondo” y hoy tienes seguidores.

Conforme pasan los kilómetros vas notando cómo se te cargan los músculos. Cómo el gemelo puede contraerse hasta tener el tamaño de una canica de duro de las de antes. Cómo las articulaciones empiezan a dolerte. Pero estás subiendo Garabitas y no es tan duro como te habían contado.

En la Casa de Campo no hay actuaciones, no hace falta. Sólo hay ánimos. Y réflex. Y corredores caminando. Y apretar de dientes al grito de “por mis cojones”.

Y qué decir de los últimos ocho kilómetros. Parezco nuevo, joder. Son sólo ocho mil metros, algo que me lo hago tranquilamente. Pero qué va, mi cuerpo no es capaz de mantener el ritmo. Ni siquiera de correr sin parar. Es curioso como en estas situaciones tu cuerpo llega a ser más inteligente que tu mente y te ordena dejar de correr. Y andas. Ves el reloj y piensas, todavía obcecado, “voy en tiempo, un minuto y vuelvo a correr un kilómetro”. En realidad son dos minutos, y vuelves a correr, pero medio kilómetro. Sigues yendo en tiempo, la gente te anima. Los corredores tiran de ti. “Venga, que estos siete los hacemos juntos” “Venga, vamos”. Pero a los quinientos metros o no puedes tú o no puede el otro.

Poco a poco llegas como puedes al kilómetro 40, y es ahí donde se activa la reserva como la de Terminator en su lucha final contra el T-1000. Y corres. Corres porque quieres que los tuyos te vean, porque quieres pasar por meta. Porque te has preparado durante meses y años, no sólo durante dieciséis  semanas. Corres.

Que por la noche Álvaro te pida que le cuentes un cuento en el que él y sus hermanos corren con su padre un maratón, entran en Retiro y después se aprietan un helado “te llena de orgullo y satisfacción” y le emplazas a que repita lo mismo dentro de quince años. Que te pida la medalla y vaya todo el camino con ella puesta todo orgulloso hace que se te caiga el moco. Que Pelayo insista en correr contigo justo en el momento que le ves y tú haces la pose del Discóbolo porque el cuádriceps tiene la misma maleabilidad en ese momento que el mármol.

Cuando hablo de correr no hablo solamente de tiempos, ni de distancias. Hablo de sensaciones. De superarte a ti mismo, de ser tú tu rival a batir. A pesar del agotamiento y de que te duelen hasta las pestañas empiezas a pensar en el siguiente. No estará tan mal cuando muchos repiten ¿no? Y es que sarna con gusto no pica. Como dice Risco “corro maratones porque es la mejor forma de preparar un maratón”. Amén, amigo.

6 comentarios:

  1. imposible explicarlo mejor compañero, bueno a lo mejor es posible pero a mi me gusta la forma en la que tu lo has hecho.

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  2. Buena entrada, muy bien explicado. Yo he llegado a la conclusión de que algunos no nos entienden porque no tiene el valor que requiere entendernos.

    Coincido contigo. A mí se me hacía incomprensible que después de terminar un maratón se pudiera estar pensando en otro hasta que crucé la meta.

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    1. gracias. será por el subidón que te da; quién sabe.

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  3. Pues no te puedo decir que coincida en todo porque no soy maratoniano ni tengo intención de serlo pero seguramente todo lo que describes es cierto. El día de la carrera es como para demostrarte a tí mismo que "has estudiado para el examen". Un saludo

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  4. Cualquiera que haya corrido un marathón puede hacer suyo todo lo que has escrito. Es increiblemente exacto.

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