Hay infinidad de razones de salud estéticas por
las que es bueno correr. Pérdida de peso, reducción de niveles de colesterol en
sangre, incremento de la capacidad respiratoria, tonificación muscular,
fortalecimiento del sistema cardiovascular… son unas pocas de las minucias en
lo que a las consecuencias sobre la salud.
Otras también claramente visibles son la
reducción del nivel de estrés que puede venir motivado por una generosa
generación de endorfinas.
Sin embargo, hay otras razones en las que me
quiero centrar y son menos evidentes porque son a largo plazo y aplicables en
el mundo laboral, y ya se sabe, en nuestra sociedad todo lo que sea mirar más
allá de la prima de riesgo de hoy o de las próximas elecciones es un ejercicio
quimérico que no queremos realizar.
Para empezar, distingues a los currantes de los encantadores de serpientes, esos
que, conforme a sus comentarios, pasarían por ser el hermano pequeño de
Gebreselassie salvo por el pequeño matiz del color de la piel. ¿Cuántos runners
de estos conocemos? Hagamos memoria y visualicemos al fantasmilla de turno
presumiendo de sus logros deportivos, nunca refrendados en competición alguna.
O, por otra parte, se autoerigen en la quintaesencia de la mala suerte con sus
discretos resultados. “Es que llovía, por eso hice 1h” “pues yo hice 43 minutos
con la misma lluvia”. La culpa, como siempre, de los elementos y no del Duque
de Alba y su impericia marinera.
Aprendes
a separar la paja del trigo, lo anecdótico de lo categórico. Un “runner” no es “runner”
porque vaya vestido como un runner y equipado como si fuese a realizar el
Desembarco de Normandía (bayoneta incluida, que uno nunca sabe), con su mp3 con
32 gigas (capacidad para 6.400 canciones, cuando corre media hora), con su GPS,
cinturón de hidratación (en el Retiro, por lo visto, no hay fuentes),
suplementos energéticos y ropa técnica que sólo llevan Chema Martínez y él. Por
supuesto, él no lleva las gafas de Lance Armstrong, sino que es el propio Lance
Armstrong el que se compra sus gafas. No; un runner es un tío que corre por el
placer de correr. Como dice el publicista Michael Levine “tener hijos no le
convierte a uno en padre de la misma forma que tener un piano no le convierte a
uno en pianista”.

Pensar
en positivo, que no es lo mismo que el pensamiento positivo que nos embarga y que
pretende justificar que los que nos mandan lo hacen en virtud de unas
capacidades tan escasas que sólo ellos tienen. Nosotros, pobres parias, no las
tenemos porque no las deseamos ni ponemos medios para conseguirlas, y si nos va
mal es porque queremos. Calvinismo del siglo XXI en estado puro. No, el pensamiento en positivo implica en hacer
de la necesidad virtud. ¿Qué hoy no puedes entrenar porque el enano ha pasado
una noche toledana con sus 39 de fiebre y el mayor no podía dormir con su dolor
de garganta? Pues nada, tómatelo como un descanso. Mañana será otro día, al fin
y al cabo lo que estás preparando es un maratón, no un entrenamiento por el
parque.
Estrategia
a largo plazo, táctica a corto plazo
Unido a lo anterior, cuando nos planificamos una
maratón llevamos un bagaje de kilómetros elevado, marcándonos unos hitos a
realizar durante cuatro meses. A veces no escuchamos cómo nuestro cuerpo nos
avisa de que tenemos el cuádriceps a punto de petar y aún así salimos para no
seguir ese programa que nos hemos bajado de Internet. Consecuencia: sobrecarga
y una semana en el dique seco por hacer el gilipollas un rato. Cualquiera que
haya trabajado por proyectos lo entenderá perfectamente.
Si te haces
trampas en el solitario estás engañando a un gilipollas. De nada vale decir
que estás preparando un maratón en 3:30 cuando no eres capaz de rodar quince
kilómetros seguidos a ese ritmo. Quitar cinco ó diez segundos de boquilla a tus
tiempos en los entrenamientos para vacilar a López, el de Presupuestación, sólo
te vale para que éste te vacile al adelantarte en la Casa de Campo. Los que
trabajan contigo, lo mismo que los que corren contigo, se dan cuenta.
Para conseguir resultados no existen atajos, sólo trabajo bien hecho y constancia. Los
suplementos proteínicos esos que te inflan como un globo y que se venden en
botes de cinco kilos vienen a ser como el padrino que tira del inepto de turno
hasta los altares. Más dura será la caída. ¿Dónde andan ahora la Pajín y la
Aído?
Autocontrol
y conocimiento de uno mismo. ¿Qué la manada de búfalos tira que se las pela?
Tranquilo, hay muchos kilómetros. La carrera pone a cada uno en su sitio, ya
los irás pillando. Sólo tú eres consciente de tus posibilidades y limitaciones,
no pretendas llegar más lejos de lo que puedes. Si nunca has hecho una serie de
un kilómetro por debajo de cuatro minutos ¿para qué coño te pones en el cajón
de 40 minutos? Si lo único que has pronunciado en inglés desde el COU ha sido “on”,
“off”, “esmarfon”, “interné” o “chámpionlig” ¿por qué coño te empeñas en decir
que tienes un nivel “medio” de inglés?. Luego explícale EN INGLÉS a tu nuevo
jefe, que es un redneck de Idaho, eso de que tienes un nivel medio de inglés.
Medio, sí, medio gilipollas.
Hay que
salir llorado de casa. Esta es una de mis frases preferidas. Me tocan los
cojones la gente que está todo el puto día llorando por cualquier cosa, como si
los demás tuviésemos que entender el genocidio que supone que en su empresa
sustituyan el papel higiénico de Scotex por uno de marca blanca. Esto lo
escribo para preceder al axioma runner de que llueve, nieva, hace frío o calor
cuando uno corre, y no al revés. Cuando nos quejamos de todo es que tenemos un
problema con lo que hacemos, y lo peor de todo es que no queremos reconocerlo.
Muchas veces perdemos la perspectiva general cuando
los medios se convierten en un fin en si mismos. ¿Cuántos supuestos runners
hemos conocido que compiten en entrenamientos y ruedan en las competiciones?
Los mismos que en el mundo laboral deben de ser la hostia de acuerdo a lo que
cuentan de si mismos. El running, para ellos, es cruel, porque les desnudan
cruelmente. No tienen a nadie que tire de ellos, ningún amigo que les cubra sus
vergüenzas.
Dicho todo esto, todo el mundo conoce a algún
encantador de serpientes que eleva a categoría la anécdota, que su visión no va
más allá del próximo cierre mensual, que sigue las tres máximas de Homer
Simpson: “No digas que fui yo”, “Cuando llegué ya estaba así” y “¡Bien dicho
jefe!”, que andan quejándose de lo que trabajan (y, precisamente, el día que te
quedas tarde tiene que irse antes) o de los gastos que tiene. Todo esto
justificando su posición en el Pensamiento Positivo, Porque ellos lo valen.
Al final, y nunca mejor dicho, antes se pilla a
un mentiroso que a un cojo. Y yo soy de los cojos.